Armando Muñoz no sueña con tener un restaurante. Durante su niñez era más común encontrarlo quebrando cacao o en la milpa, que en la cocina. Su vida ha estado marcada por dos productos que históricamente están cargados de identidad: maíz y cacao.

El chef estudió en Puebla y eventualmente fundó su propio instituto, el IGAREM, que hasta el día de hoy continúa funcionando. Armando deja que lo guíen sus instintos, cuando sintió que su tiempo allá había terminado, no dudo en buscar nuevas experiencias.

Vivió en Nueva York por tres meses y nunca se enamoró de la ciudad ni de su cocina, le pareció similar al Distrito Federal y decidió que no tenía nada nuevo que ofrecerle, nada que no pudiera encontrar en casa.

Él dice que sus estudios en Administración le quitaron ese romanticismo con el que muchos gastrónomos miran su profesión, entiende que todo negocio requiere cierta metodología. Aun así, el chef no puede negar que el origen de DRUPA tiene algo emocional.

Después de que su abuelo decidiera heredar en vida la casa donde Armando jugaba cuando era niño, el chef tomó la decisión de comprarla, no le gustaba la idea de perder esa tierra, DRUPA aún no estaba entre sus planes pero sabía que podía hacer algo.

Antes de considerar al cacao como un ingrediente, Armando lo mira como un producto, la decisión de utilizarlo en un platillo debe estar justificada, las creaciones gastronómicas del chef no son casualidad. Cuando describe la manera en que lo mezcla con otros ingredientes, el cacao parece ser el tronco y los demás las ramas.

DRUPA, Museo Interactivo del Chocolate, nació sin instructivo. Armando admite que no estaba seguro de cuál era la meta final pero sabía que quería crear algo que tuviera “origen”. Después de vivir un año en la casa, el chef entendió el trabajo de campo, conoció el significado del pozol más allá de su sabor, descubrió que no solo es un gusto sino una necesidad para los campesinos.

El equipo que ahora conforma DRUPA también tuvo que vivir en la casa antes de trabajar ahí, para Armando fue un filtro, quien pudiera aguantar hasta el final tendría un lugar en el museo. Su primo Memo es el encargado del sembradío y el guía, su tío Víctor se encarga de la cosecha, a la chef, Lizbeth Hernández, la describe como “la chocolatera”, su rol es fundamental.

Para el chef no se trata solo de un recorrido, su intención es que quienes visiten DRUPA recuerden la experiencia muchos años después de haberla vivido. Cuando habla de “marcar el corazón” de los visitantes es innegable que existe un lazo emocional que distingue su trabajo.

Armando se guía por sus instintos, y por ahora le dicen que su tiempo en DRUPA no ha terminado. Los años que estuvo dando clases le enseñaron a ser generoso, no le es difícil imaginar a otra persona ocupando su lugar y haciendo un mejor trabajo, conoce el talento que existe en las escuelas y siempre ha respetado los ciclos, pero su tiempo en DRUPA aún no termina.

El chef no sueña con tener un restaurante, pero tampoco está dispuesto a decir que nunca sucederá, lo que sí asegura es que no podría ser algo común. Su vida ha estado marcada por proyectos diferentes e inicios inciertos, resulta natural imaginar que un restaurante del chef Armando Muñoz no sería algo convencional.

 

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