Juan Orozco fumó mariguana por primera vez cuando tenía siete años. El cigarro era de su papá y estaba en un saco que le había dado para que lo dejara en su cuarto, Juan vio cuando metió el paquete en el bolsillo y lo tomó sin preocuparse por las consecuencias.

Cuando su papá lo encontró soltó una carcajada y le dijo que no lo volviera a hacer. A los siete años Juan conoció el poder de las amenazas: Si no me traes un toque a mí le voy a decir a mi papá que me ofreciste mariguana. Los amigos de su padre se convirtieron en sus proveedores.

Es originario de Tlalpan y pasó su niñez trabajando en varios lugares, su mamá lo felicitaba porque llevaba a casa más dinero que su padre, ella también se mantenía ocupada para ayudar a mantener a la familia y no se enteró de cuando expulsaron a Juan de la primaria por estar borracho, murió sin saber de las adicciones de su hijo.

Un trabajo en Telmex lo trajo a Tabasco, específicamente a la colonia Gaviotas, un día mientras discutía por teléfono con su esposa, quien recientemente lo había engañado, se dio cuenta de que un compañero estaba escuchando su conversación en otro teléfono, su risa lo delató, Juan le dio una golpiza que casi lo mata, no lo soltó hasta que intervinieron otras personas. Perdió el trabajo en Telmex.

En Gaviotas trabajó como parte del cuerpo de seguridad de José Manuel Zapata, un hombre que varios vecinos identifican como uno de los responsables de la pavimentación de la colonia. Los vicios nunca han abandonado a Juan, los fines de semana confiscaba el alcohol, bolsas de plástico llenas de botellas terminaban en sus manos. Eventualmente se terminó el trabajo.

Los vecinos lo veían fumando mariguana y pronto formó un grupo de amigos con los que compartía adicciones. Los Rucos fue una de las primeras pandillas de Gaviotas y Juan uno de sus fundadores, según cuenta se dedicaban a cuidar a los vecinos de los pandilleros que llegaban de otras zonas y no dejaban entrar a la policía, ellos improvisaron una cárcel y ahí llevaban a los delincuentes. Todos los días había fiestas con alcohol y mariguana. Juan, quien había trabajado en la policía, les enseñó a defenderse, las peleas entre las pandillas eran con machetes y cuchillos. Hasta el día de hoy, Juan menciona con orgullo su apodo: el kung-fu.

Una cicatriz cruza su cara diagonalmente, un machetazo de aquella época. No resulta difícil imaginarse al Juan de ahora involucrado en esas peleas. Su rostro muestra varias arrugas pero no ha perdido rudeza, sus cejas están descuidadas y su nariz desviada. A pesar de todo, el viejo mantiene su dignidad.

Vecinos y Juan cuentan la misma historia de un momento en que la delincuencia aumentó: por cuestiones políticas Roberto Madrazo y López Obrador tenían una rivalidad, cada uno tenía a su disposición un grupo de delincuentes que vivían en distintas colonias, cuando hubo un enfrentamiento en Plaza de Armas muchos pandilleros heridos terminaron en Gaviotas.

Estos nuevos visitantes no tenían el mismo código moral de Los Rucos, venían de otros lugares y poco les importaban los vecinos. Las riñas entre pandillas se volvieron más violentas y no era extraño que al final de la pelea una patrulla incendiada fuera parte del panorama.

Durante la inundación del 2007 Gaviotas fue una de las colonias más afectadas. Juan se quedó en el techo de la casa de una vecina cuidando que no se robaran las cosas que habían logrado salvar. Muchos delincuentes aprovecharon la tragedia para robar. Su único contacto era con los marinos y soldados que de vez en cuando le llevaban comida, estuvo casi un mes en el techo.

Los colonos de Gaviotas trabajaron día y noche para reparar el daño causado por el agua, muchos perdieron todo y aún no se recuperan. Desde esa inundación Juan no tiene electricidad en su casa.

De acuerdo a un reporte del diario Tabasco Hoy, Gaviotas tiene 50 mil habitantes, las condiciones en que vive gran parte de su población y los problemas que afectan a la colonia son suficiente razón para que su mejoría sea una prioridad de la ciudad. Las autoridades municipales y estatales, anteriores y actuales, han ignorado la gravedad del problema.

Los vecinos tienen distintas opiniones sobre el actuar del gobierno durante la inundación, pero resulta evidente que todos se sienten abandonados por las autoridades, principalmente por la policía. La niñez, que en los discursos políticos es elogiada como el futuro de México y en la cotidianidad ignorada sin siquiera darle la oportunidad de construir un futuro para sí misma, en Gaviotas convive peligrosamente con la violencia.

No es extraño que en los periódicos aparezcan imágenes sangrientas que reflejan parte de la vida en la colonia, y se han normalizado debido a la ligereza con que se exhiben, pareciera que morir en la calle te roba el derecho a morir con dignidad, las tragedias que suceden en la vía pública se vuelven más dolorosas cuando la víctima se convierte en caricatura.

Las particularidades de la colonia hacen que sea necesario que sus problemas sean analizados y enfrentados de manera singular, si las autoridades tienen interés en hacer su trabajo, valdría la pena que se acercaran a los expertos en el tema: los vecinos.

Carlos Manuel, miembro de Los Podridos, dice que ningún gobernante se preocupa por ayudarlos porque ven que la situación se ha salido de control y temen meterse en asuntos que puedan dañar sus carreras políticas. Juan y Carlos Manuel se negaron a ser entrevistados juntos, Rucos y Podridos tienen una rivalidad histórica basada en unos cuantos metros que los mantienen separados, siempre han defendido diferentes zonas de la misma colonia. Carlos asegura que Los Podridos, al igual que Los Rucos, se dedicaban a defender a sus vecinos y a drogarse y emborracharse en el parque. La gente como agradecimiento los defendía de la policía cuando querían arrestarlos, hasta que un día los crímenes en la zona empezaron a aumentar y los colonos los señalaron como culpables, a partir de eso la pandilla se dedicó a mirar cómo otros delincuentes atacaban a sus vecinos.

Rucos y Podridos se acusan de cometer crímenes en la zona del otro, Juan dice que con Los Podridos “empezó el veneno”, vendían drogas y asaltaban a la gente en el parque, pero hay algo que ambas pandillas siempre tuvieron claro: no atacar a los vecinos.

Las nuevas pandillas parecen no tener ningún código moral que establezca límites, los viejos pandilleros desprecian a los nuevos, dicen que no se parecen en nada a ellos, Juan y Carlos fruncen el ceño cuando hablan de los jóvenes que han tomado sus lugares.

Son expertos en el tema y ambos coinciden en que la única solución para erradicar a los criminales es atacándolos, piensan que no hay programa de deporte o educación que pueda salvarlos, de acuerdo a Juan y Carlos Manuel los nuevos delincuentes necesitan una golpiza o ser eliminados de manera definitiva. Pensaría que un par de hombres llenos de arrepentimientos mostrarían más simpatía por los jóvenes y niños de la colonia que han crecido rodeados de abusos, pobreza, violencia y adicciones.

La solución ofrecida por los pandilleros no está muy alejada de la realidad, el enojo de los colonos causado por la inseguridad e inacción de las autoridades ha hecho que la gente busque justicia de manera inmediata y sin policías de por medio. Gaviotas es una de las colonias en las que se observan lonas colgadas que advierten a los ladrones sobre lo que podría pasar si los agarran. Hace unos meses en La Manga, colonia cercana a Gaviotas, un hombre que intentó abusar de una joven fue perseguido y linchado por los vecinos, con puños y machetes le dieron hasta que murió.

‘Paleta Payaso’, miembro de Los Rucos, era el ser más querido que Juan tenía en Villahermosa, murió de una enfermedad de transmisión sexual que nunca quiso tratarse.

Hace algunos meses, con ayuda de sus vecinas, Juan logró contactar a sus hijas a través de Facebook, intercambiaron mensajes hasta que él les pidió dinero para resolver un problema legal, no ha recibido respuesta desde entonces. Cuando le ofrecieron un lugar en la Ciudad de México Juan decidió no irse, han pasado muchos años y no sabe de qué manera su presencia podría alterar sus vidas, el bienestar de sus hijas no es algo que está dispuesto a poner en riesgo.

Juan Orozco tiene 61 años y se dedica a hacer mandados, llevar niños a la escuela, limpiar terrenos y cualquier otra cosa que no le cause problemas y le deje suficiente dinero para alcohol y comida, su casa de lámina se encuentra rodeada de un monte que parece albergar animales peligrosos, no deja que nadie entre, prefiere tomar con sus amigos en la banqueta y solo los deja usar el baño en algunas ocasiones.

El viejo pandillero llora al pensar en la soledad que lo rodea, deja que las lágrimas se deslicen por su cara y no se molesta en ocultarlas, habla como si su vida fuera una sala de espera, ve la muerte a la vuelta de la esquina y su único pesar es la tristeza que le causa estar solo y ser adicto. Tiene tantas aventuras como arrepentimientos.

Gaviotas no es un callejón sin salida, es un lugar rico en cultura y su comunidad muestra unidad para enfrentar adversidades. Más allá de los programas que son torpes intentos que en realidad no atacarán ni solucionarán los históricos y profundos problemas de la zona, es necesario escuchar a los vecinos de sus distintos sectores para proponer soluciones estructurales que traten a los habitantes de la colonia como humanos y no solo como votantes.

La última vez que vi a Juan lo encontré llorando, me dijo que el niño que llevaba a la escuela estaba de vacaciones en Veracruz y lo extrañaba mucho. Más tarde pasó un vecino con el que tiene problemas, se insultaron a gritos y Juan amenazó con golpearlo con un palo.

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